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Lorca no debe ser otro Haití

14 mayo, 2011

Poco nos ha durado la felicidad en la Región de Murcia. Porque a veces la desgracia, paradojicamente, también nos depara pequeños momentos de felicidad. El terremoto sufrido por Lorca ha sido lo suficientemente grave como para que los partidos políticos suspendieran las campañas un día. Un solo día. Un solo día de felicidad en el mar de lágrimas murciano. Un solo día hemos estado libres de la paliza partidista. De los mensajes vacios, de la demagogia, del proselitismo y la sinvergonzonería. Pero el sillón es el sillón. Y la oportunidad de conseguirlo o mantenerlo, no puede estar condicionado por un seísmo de grado medio, que ha jodido a toda una ciudad y ha dejado víctimas mortales, heridos, desalojados, ruinas y el alma partida, pero a fin de cuentas, de grado medio. La política es así de insensible. Los políticos son así de insensibles. Me juego las pestañas postizas a que más de uno habrá hecho cálculos de rédito electoral. No sería la primera vez que una tragedia merece valoraciones de esta índole. Hacia dónde se inclinara la balanza del poder una vez enterrados los muertos.

Piden desde Lorca que la ayuda no cese cuando los periodistas se vayan. No quieren ser cabecera de titulares y apertura de telediarios solo para gloria y mejor caja de los grupos de comunicación. Esperan que a partir del día 23, la ejemplar reacción de las autoridades se mantenga. Esperan que las ayudas no se dilaten en el tiempo. Esperan no pasar por muleños, quienes después de sufrir otro seísmo en 1999, tuvieron que esperar incluso años para que lo prometido llegara.

Lorca no quiere ser otro Haití. No debe ser otro Haití. El ejemplo de civismo y solidaridad que los lorquinos han dado a España y al mundo, no debe olvidarse pasado el día 22.

En nuestras manos está evitarlo. En las manos ciudadanas. La casta política ya nos ha dado en el pasado innumerables ejemplos de desidia, incomprensión y desinterés. Por eso debemos vigilar que Lorca no desaparezca de la memoria común. Debemos procurar que las imágenes del desastre permanezcan indelebles en nuestras retinas.

Muchos queremos creer que los gobiernos, las autoridades, los políticos en suma, habrían actuado con la misma diligencia, si las fechas fueran otras y no las que son. Queremos creerlo. Necesitamos creerlo. Esperamos que este deseo de creer no se vea truncado con el tiempo.

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