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La rebelión de las masas

7 mayo, 2011

La reciente sentencia del Tribunal Constitucional con relación a BILDU, ha dejado patente una carencia profunda de nuestro endeble sistema democrático: la separación de poderes y su independencia, cimientos irrenunciables de cualquier sociedad moderna que desee alcanzar el reinado de la justicia, la igualdad y la libertad; se ha tornado papel mojado en nuestra Constitución. Mera retórica. En la práctica no existe. Buena parte de culpa la tiene un régimen sustentado por castas partidocráticas cuyo sectarismo les ha llevado a renunciar a las esencias mismas de las democracias modernas. Han secuestrando la voz del pueblo, dejando a este la mera y maquinal formalidad de elegir cada cuatro años a quienes por imposición de los aparatos partidarios, más y mejor se han destacado en reverenciar a estos. Los méritos para llegar a ejercer responsabilidades graves en alguno de los pilares del poder, se han reducido a una única virtud: la fe inquebrantable en el líder de turno, sin macula de reserva mental alguna y la sumisión, disfrazada de lealtad, al partido y las políticas eventuales que emanan de las cúpulas dirigentes. Es la hegemonía de la dedocracia.

La última cachetada que la sociedad española ha recibido del más importante pilar del poder estatal, es la prueba irrefutable de la excesiva e insana influencia que los partidos políticos tienen en los nombramientos de miembros en tribunales tan importantes como el Supremo y el Constitucional. Las discrepancias políticas se han trasladado a las salas de justicia y las sentencias están motivadas por la afinidad ideológica, la docilidad partidaria y la gratitud al designador. Esta cruel realidad está carcomiendo los cimientos de la democracia española y está llevando al país hacia su propia autodestrucción.

Es evidente que poco podemos esperar de las castas dirigentes y de sus antidemocráticos inventos partidistas. Solo la sociedad civil, sin las nefastas influencias de banderías políticas, puede hacer algo por evitar lo que a todas luces parece inevitable.

Así ha nacido una interesante iniciativa ciudadana que pretende poner en la picota a quienes haciendo un uso fraudulento del sistema democrático, solo desean conseguir sus infinitas ambiciones poniendo en riesgo la sostenibilidad del propio estado.

En unas semanas será presentada la asociación de ámbito estatal ADEDO. Es un acrónimo de la manera en que funciona el sistema político español: A dedo.

A dedo se nombra un tribunal formado por políticos, el Tribunal Constitucional, capaz de enmendar la plana al Tribunal Supremo.

A dedo se organizan las listas electorales de los partidos.

A dedo se nombran los responsables de los principales órganos del estado.

No existe separación de poderes. El legislativo es una pura correa de transmisión de los aparatos partidarios sin independencia alguna. España no es un estado de derecho, es una partidocracia, dónde dos competidores principales y varios secundarios, tienen una única preocupación: alcanzar y mantener el poder a costa del propio país si necesario fuera.

ADEDO publicará en breve su declaración de principios en Facebook: un rechazo de la sociedad civil al régimen de los partidos. Un rechazo que hasta ahora sólo asociaciones de víctimas han desempeñado, pero ha llegado el momento de generalizar ese rechazo y abrir las puertas al descontento general, provocar un tsunami que acabe con éste despropósito que afecta a todos los aspectos de la vida: desde el terrorismo a la educación, desde la economía a la corrupción.

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  1. alternativas si que las hay
    8 mayo, 2011 en 06:43

    no les votes a esos que ponen dedos dónde no deben

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