El último faraón

12 febrero, 2011

El último faraón ha caído. La perseverancia del pueblo egipcio y la “neutralidad” del ejército, han podido con el dictador que durante treinta años dirigió férreamente la nación de las pirámides. Ahora se presenta un futuro incierto para el país, corroído por la corrupción, con índices de pobreza y analfabetismo incomprensibles y la amenaza fundamentalista al acecho, que se nutre del caldo de cultivo de pueblos abocados a la miseria y la desesperación.

Occidente ha mantenido y mantiene cierta tolerancia con dictadores árabes “moderados”, bajo la excusa de la contención islámica. Sin embargo estas dictaduras son la principal fuente de las que beben los movimientos fundamentalistas, nutriendo sus filas con elementos que en nada valoran el pellejo y solo les queda una cosa por perder: la vida, que cotiza a la baja en esas latitudes y descubre un nuevo sentido en el proselitismo que empuja al martirio.

Los nuevos dirigentes de Egipto tienen ante sí una ardua tarea. Elecciones no es sinónimo de Libertad y Democracia. Si la clase política no es capaz de acabar con la miseria del país y se dedican a mercadear con el poder para conseguir privilegios y dadivas bajo formalidades democráticas, olvidando la situación de la inmensa mayoría de sus ciudadanos, la amenaza islamista se abrirá paso entre las capas más desfavorecidas, que es casí la totalidad del pueblo egipcio.

En sus manos está la posibilidad real de acabar con regímenes autocráticos sin caer en manos de la reacción religiosa. La avaricia y la ambición desmedida de la clase política formalmente democrática, es el mayor peligro de desestabilización total que se cierne sobre el país. Si las expectativas no se cumplen y Egipto se desangra en manos de especuladores, las tinieblas del integrismo tendrán todo a su favor para imponer sus decimonónicos preceptos.

Es una ocasión única para demostrar que el mundo árabe tiene futuro alejado de la tiranía y el integrismo como única alternativa. Si la clase política emergente antepone los intereses del país a los propios y los partidos no caen en el oscuro pozo del sectarismo, Egipto puede tener una oportunidad.

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