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Soplan vientos de conflicto

29 enero, 2011

Camino de los cinco millones. Para ser exactos cuatro millones setecientos mil parados. Más de un millón y medio de familias sin ningún ingreso. Todo un record histórico y una cifra mareante. El presidente del pleno empleo lleva camino de convertirse en el del pleno paro.

Más allá de los análisis sesudos y concienzudos que los economicistas puedan realizar, tras esta cifra se esconde, no solo el drama humano, sino el peligro de la desestabilización. Semejante ejército de desempleados no puede permitírselo un país sin que las consecuencias dramáticas para el orden social se hagan sentir más pronto que tarde. Toda esta gente, que en un principio recurrirá a las prestaciones, subvenciones y ayudas del estado, seguirá sofocando su incapacidad recurriendo a las familias y los amigos. A los padres y también a los hijos. Venderán todo lo que tengan para pasar el trago, con la esperanza de que pronto escampe. Cuando ya no les quede nada que perder, comprobarán que esa esperanza no era más que eso, una esperanza desesperada. Surgirá entonces la indignación y con ella la ira y la violencia.

El fantasma de la miseria extiende su presencia por todas partes y los poderes públicos, los partidos, los señores y señoras  de abolengo político y nobleza sindical, no parecen enterarse. Ensimismados en sus trifulcas y en sus cálculos electorales, la situación de gravedad que padecemos no es más que un recurso para sus dotes demagógicas. Se dice que en España padecemos dos crisis al mismo tiempo: la económica y la institucional. Una forma muy elegante de obviar la verdad: a la crisis financiera se une la inmoralidad de una casta endogámica, nepotista, elitista e inútil. El clásico cáncer que ha impedido a lo largo de la historia que este país salga de su secular atraso: los políticos, sus secuaces y los que les rinden pleitesía.

Las diferencias se acrecientan. Los vergonzosos privilegios conviven con una población cada vez más pobre. El mercado capitalista, la ley de la oferta y la demanda, se ha merendado en un abrir y cerrar de ojos aquella fantasía temporal denominada estado del bienestar. Sin el contrapeso necesario, la reinvención del capitalismo no es más que el regreso a las tesis duras y crudas del sistema, donde la competitividad, principal motor del invento, se mantiene abaratando costes humanos y como consecuencia, globalizando la miseria. La riqueza de los países se concentra cada vez más en menos manos y los ciudadanos ven como los parches para solucionar esta crisis generalizada, pragmatismo manda, se materializan en el recorte de derechos, la desregulación, la enajenación de la riqueza de los estados y el desarraigo.

Con estas premisas, el futuro no puede presentarse en paz. Soplan vientos de conflicto.

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