Una historia de guerra

12 septiembre, 2010

Emotivo homenaje a los Guardias Civiles asesinados en Afganistán
(Base de Mazar Sharif)

Esta semana se han producido algunas noticias protagonizadas por la Guardia Civil. El cuerpo policial mejor valorado por los españoles  -y por tanto peor tratado por la casta política- reanuda las protestas reivindicando las mejoras laborales y salariales que tantas veces prometieron los poderes ejecutivos, como aparcadas y olvidadas llegado el momento.

A la campaña de bolígrafos caídos, que tanto ha molestado al ministro Rubalcaba, se han unido manifestaciones y declaraciones públicas que han tenido como respuesta lo único que sabe hacer el poder cuando ya no le quedan argumentos para justificar el permanente agravio: la represión.

Tal vez, solo tal vez, alguien con suficiente vergüenza e influencia sea capaz de leer totalmente el artículo que a continuación copio y que lleva por título “Una historia de Guerra” surgido de la inigualable pluma de Arturo Pérez-Reverte.

Es de esos relatos que al leerlos te ponen la piel de gallina y provoca un orgullo y satisfacción difícilmente igualable por cualquier éxito deportivo internacional. Es de esas historias que confirman que en España fallan principalmente los que llevan el timón de la nación, los que aspiran a llevarlo y los que a su sombra ambicionan prebendas y privilegios.

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UNA HISTORIA DE GUERRA


Alguien escribió en cierta ocasión que si una historia de guerra parece moral, no debe creerse. Y alguna vez lo repetí yo mismo. Pero eso no es del todo verdad. O no siempre. Como todas las cosas en la vida, la mora­lidad de una historia depende siempre de los hombres que la protagonizan, y de quienes la cuentan. Ésta de hoy es una historia de guerra, y quiero contársela a ustedes tal como algunos amigos míos me han pedido que lo haga. La moralidad la aportan ellos. Yo me limito a ponerle letras, puntos y comas.

Base de Mazar Sharif, Afganistán. Cinco guardias civiles, de comandante a sargento, perdidos en el pudridero del mundo, formando a la policía afgana. Cinco guardias de veintidós llegados hace cinco meses y medio, desperdigados por una geografía hostil y cruel, en misión de alto riesgo, en una guerra a la que en España ningún Gobierno llamó gue­rra hasta hace cuatro días. Los cinco de Mazar Sharif, como el resto, eran gente acuchillada, porque lo da el oficio. Sabían desde el principio que a la Guardia Civil nunca se la llama para nada bueno. Y menos en Afganistán. Si lo que iban a hacer allí fuera fácil, seguro, cómodo o bien pagado, otros habrían ido en vez de ellos. Aun así, lo hicieron lo mejor que podían. Que era mucho.

Atrincherados en una base con americanos, franceses, holandeses y polacos, vivían con el dedo en el gatillo, como en los antiguos fuer­tes de territorio indio. Igual que en los relatos de Kipling, pero sin romanticismo imperial ninguno. Sólo frío, calor, inso­laciones, sueño, enfermedades, soledad. Peligro. Los únicos cinco españoles de la base, de la provincia y de todo el norte de Afganistán.

Ellos y sus compañeros habían llega­do a la misión tarde y mal, aunque ésa es otra historia. Que la cuenten quienes deben contarla. Aun así, con la resignada disciplina casi suicida que caracteriza al guardia civil, se pusieron al tajo. Como era de esperar, no encontraron la mesa puesta. Quien estuvo por esos mundos con militares norteamericanos, holande­ses y franceses, sabe de qué van las cosas. Sobre todo con los norteamericanos, que tienen a Dios sentado en el hombro como los piratas llevan el loro. Para hacerse un hueco entre sus aliados, distantes y des­pectivos al principio, no hubo otra que la vieja receta de Picolandia: aprender rápi­do, trabajar más que nadie, no quejarse nunca y ser voluntarios para todo. Y por supuesto, tragar mierda hasta reventar.

Y así, a base de orgullo y de constancia, poco a poco, los cinco hombres perdidos en Mazar Sharif se hicieron respetar. Un triste día se enteraron de la muer­te de sus dos compañeros en Qualinao. De la pérdida de dos guardias civiles de aquellos veintidós que llegaron hace medio año, y de su intérprete. Y pensa­ron que el mejor homenaje que podían hacerles era que la bandera norteamerica­na que ondea en la base fuese sustituida, aquel día, por la española a media asta. Eso no se hace allí nunca, aunque a diario hay norteamericanos muertos, los france­ses sufrieron numerosas bajas, y también caen holandeses y polacos. Así que el jefe de los guardias civiles, el comandante Rafael, fue a pedir permiso al jefe norteamericano. Accedió éste, aunque extraña­do por la petición. Saliendo del despacho, el guardia civil se encontró con el jefe del contingente francés, quien dijo que a él y a sus hombres les parecía bien lo de la bandera. En ésas apareció otro nor­teamericano, el mayor James, que nunca se distinguió por su simpatía ni por su aprecio a los españoles, y con el que más de una vez hubo broncas. Preguntó James si los muertos de Qualinao eran guardias civiles como ellos, y luego se fue sin más comentarios.

A las ocho de la tarde, cuando fuera de los barracones apenas había vida, los cinco guardias se dirigieron a donde estaba la bandera. Formaron en silencio, solos en la explanada, cinco españoles en el culo del mundo: Rafael, Óscar, Rafa, Jesús y José. Cuando se disponían a arriar la enseña, apareció el teniente coronel francés con sus cuarenta gendarmes, que sin decir palabra formaron junto a ellos. Luego llegaron el mayor James, el teniente Williams y veinte marines nor­teamericanos. Y también los polacos y los holandeses. Hasta el pequeño grupo de Dyncorp, la empresa de seguridad privada americana destacada en Mazar Sharif, hizo acto de presencia. Todos se cuadraron en silencio alrededor de los cinco españoles, que para ese momento apretaban los dientes, firmes y con un nudo en la garganta. Y entonces, sin him­nos, cornetas, autoridades ni protocolo, el capitán Rafa y el sargento José arriaron despacio la bandera.

Una historia de guerra nunca es moral, como dije antes. Si lo parece, no debemos creerla. Pero a veces resulta cierta. Enton­ces alienta la virtud y mejora a los hom­bres. Por eso la he contado hoy.

Arturo Pérez-Reverte

Patente de Corso

XL Semanal

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