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Romanos y Cartaginenses

7 diciembre, 2007

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En alguna ocasión os he hablado de ese buen compañero y mejor persona de ideología anarquista ( cosa curiosa porque nunca ha leído a Bakunin) que tengo el placer de sufrir a diario. Es un activista de armas tomar en la defensa de lo que se ha dado en llamar la LEY DE MEMORIA HISTORICA. Evidentemente no la ha leído. Ni yo. Es más, nada me interesa. Yo paso de ella. Él se batiría en duelo por defenderla. Su actitud amable y educada cambia radicalmente cuando se habla del tema. ¡ Y no la conoce!.

Para joder un poco le digo que la memoria no tiene limites y sobre todo no puede imponerse. Lógicamente, desde su perspectiva, me rebate con el argumento de que hay que realizar un acto de reconocimiento a las victimas del franquismo. Y a mí me parece bien, siempre y cuando la memoria retrospectiva no tenga como final el año 1939. Antes también hubo victimas.

Eso es tocar mar de fondo. Terreno vedado. La memoria no impuesta y libre, sin caducidad de fechas: ¡ MENUDO ATREVIMIENTO!

Después de realizar un basto recorrido histórico que nos ha llevado, en muchas ocasiones, hasta las guerras púnicas, el argumento de mi buen compañero y amigo es el golpe de estado contra un gobierno legitimo. Yo le digo que un gobierno legal, ya que la legitimidad la perdió cuando le fue imposible controlar la seguridad ciudadana y eran las organizaciones de toda índole las que de verdad tenían el mando en plaza, hasta el extremo de realizar autenticas salvajadas, previas y posteriores al alzamiento militar, con total impunidad. Y es aquí cuando la discusión toma derroteros propios de un dialogo de sordos.

Es evidente que en su fuero interno los hechos históricos vividos por nuestros abuelos le han convencido que la Segunda Republica no puede ser referente de convivencia ciudadana. Pero le cuesta aceptarlo tanto o más como acepto de niño que los Reyes Magos son los papas y las mamas. Y todavía es presa de la desilusión. En ambas cuestiones.

Pero no es mal hombre. Solo un pequeño burgués, que se resiste a aceptar que el idealismo juvenil no peina canas y que es descabellado pedir revanchas de una situación no vivida, máxime cuando sus actores hace años que restañaron las heridas y se dijeron unos a otros: ¡ NUNCA MÁS!

Muertas, por inviables, las revoluciones contemporáneas, muchos idealistas españoles buscan referentes en una confrontación ya tan vieja y caduca como las guerras carlistas. Solo cabe esperar que el tiempo la convierta, si el sentido común se impone, en popular manifestación festiva: Romanos y Cartaginenses. Moros y Cristianos. Rojos y Nacionalistas.

No hemos venido al mundo para ajustar cuentas del pasado. Hemos venido para hacer un mundo mejor. Todos nosotros. Si nos dejan.

JUAN ESPAÑOL

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