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Superstición

1 diciembre, 2007

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Mis compañeros de la coordinadora de UPyD de Murcia me echaron un buen rapapolvo debido a mis reflexiones sobre las posibilidades electorales del partido, si no éramos capaces de llegar al pueblo llano, a ese que le repampinfla la política, los políticos, la Constitución y todo lo que huela a cosa pública. La regañina vino a cuento más que nada por el mal fario que puede dar enunciarlo de la manera que lo hice, ya que las predicciones, dicen, pueden llegar a cumplirse porque el pesimismo es contagioso. Lo que ocurre es que yo no soy pesimista. Soy prudente y realista.

Yo, que alguna experiencia tengo en esto de predecir resultados, siempre he considerado que la mala suerte la da el exceso de confianza, o incluso adjudicar a alguien un cargo o representación que todavía no tiene y que esta por verse. La experiencia me lo enseño.

Recuerdo un congreso regional de CC.OO. al cual asistí como congresista, valga la redundancia, donde las espadas estuvieron en alto hasta el ultimo momento, y donde se enfrentaban dos formas muy diferentes de entender el sindicalismo: la defendida por Campillo, secretario general, y la que encabezaba Canovas, alternativa menos radical. Por razones que no vienen al caso, estaba encuadrado en las huestes de este ultimo, y poco antes de las votaciones para elegir máximo general del ejercito murciano comisionero, salude a mi jefe de filas con un sonoro ” Animo, secretario general”. El silencio se hizo en torno mío y sentí las miradas de mis compañeros como puñales.

Ni que decir tiene que perdió las votaciones, por muy poco, y yo fui la causa del desastre debido a mi antelación en dar por hecho lo que todavía no había sucedido. Desconocía esta superstición. A partir de entonces caí en desgracia.

Algo parecido sucedió en un mitin de IU, algunos años después, cuando me dirigí a Pedro Antonio Ríos como ” señor Presidente”. Por un voto, un solo voto, tuvo que volver a las aulas (es profesor de profesión)

De nuevo fui el causante de semejante desaguisado.

Más recientemente, durante mi etapa como afiliado a Ciudadanos, comprobé la verdad absoluta de esta creencia:

Se acababa de aprobar presentar lista electoral a la alcaldía de Alicante en la asamblea de afiliados previamente celebrada. Fui el único, entre unos cincuenta, que se opuso a semejante locura, por razones para mí obvias. El caso es que durante la comida posterior alguien se dirigió a la cabeza de lista, Eva Climent, como “alcaldesa”. Si alguna duda me quedaba, en ese momento desapareció y me di cuenta que el tortazo estaba garantizado. Como así ocurrió, a pesar de poner todo mi empeño y trabajo en que no sucediera.

Esta superstición, que puede parecer producto de las paranoia popular (y mía) pero que en sí misma encierra enseñanzas muy profundas, me ha enseñado a su vez, a no ser excesivamente optimista. Y mucho menos estridentemente optimista. Creo que el exceso de este sentimiento hace bajar la guardia y sobre todo nos aleja de la realidad circundante y no deja ver quienes deben ser los verdaderos destinatarios del mensaje que se pretende trasmitir. Esa realidad es más complicada de lo que pueda parecer y nada abierta a novedosas propuestas, las cuales están encuadradas en la opinión general, la que vota, como más de lo mismo, o quítate tu para ponerme yo. Y aquí esta el reto. Cambiar esa opinión, muy generalizada entra las capas más populares. La que más numero de votos emite. Es la unica manera de no caer en la superstición como explicación a los resultados.  

No quiero pensar que tengo un empeño milenario por encuadrarme entre los perdedores. Seria la pera. O más bien un gafe.

JUAN ESPAÑOL

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