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CASA NOVA

20 noviembre, 2007

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Llevo toda la tarde intentando concretar en papel, una reflexión que me salió de sopetón mientras apuraba una pinta ( no se si producto de la pinta o de leer de un tirón ADIOS CATALUÑA)

¿ Alguna vez os habéis sentido extraordinarios?. Yo sí. Incluso llegue a sospechar, en mi banalidad, ser un superdotado. ¿ No seria yo una de esas mentes anónimas, privilegiadas, con un cociente intelectual fuera de serie, del cual nadie se había dado cuenta, ni mis más cercanos seres queridos?. Todo podía ser. Pero no. Un simple test vía Internet me devolvió a una realidad más cruda de la que yo esperaba.

Es verdad que da morbo ser diferente, salir del tiesto común. Incluso de alguna manera te la pone dura ser la manzana impoluta dentro de un conjunto podrido y mal oliente. Lo grave es descubrir que eres una fruta, como otras muchas, en un zurrón donde lo podrido, y la pudor, es la normalidad de lo anormal. Y cuando lo anormal es moneda común, lo normal se convierte en extraordinario. Desgraciadamente me di cuenta de esta realidad un poco tarde. Y muchos pesares me ha dado el asunto.

Ser normal en la anormalidad te convierte en extraordinario. Y si encima te lo crees, peor que peor. Peor porque quienes siendo normales y en su mediocridad se aprovechan de la generalizada anormalidad, te convierten automáticamente en enemigo vil, y aquellos que tienen que decidir, al ser demostración palpable de su error de apreciación, en carne de patíbulo. Mucho más si eres nuevo, recién llegado. O peor. Del lugar y rebelde con lo establecido.

Es duro, muy duro, ser normal en un mundo anormal. Y facil ser anormal. No obliga. Cuando la anormalidad impera, la normalidad se convierte en algo sorprendente, el normal que se aprovecha de la anormalidad se siente amenazado y quien ha sido cómplice de la anormalidad convertida en normalidad, ve el sentido común como delación de su incapacidad.

El normal, en un mundo anormal, digo que es extraordinario. Y un ser extraordinario hace temblar los pilares de muchos intereses, sino se une a ellos. No de los anormales que creen estar ante un superdotado. De los normales aprovechados de la anormalidad, y de quienes en su obligación de corregir este estado de cosas, comprueban el engaño sufrido, en el mejor de los casos, o el peligro inherente, en el peor de ellos, y machacan al normal con sentido común para evitar poner en evidencia su incompetencia o su complicidad.

Así me sentía yo en mi tajo, por el año noventa y uno. Ahora solo deseo la jubilación. Cuanto antes. Me siento vencido. Derrotado.

¿ Debemos jubilarnos?. ¿ Dejamos que la anormalidad sea lo normal y que los normales sean extraordinarios?.

¿Dónde están, entonces, los verdaderos extraordinarios?

¿Tal vez en Casanova?. Quiero creer que si. O que no. A saber.

Voy a por la segunda.

JUAN ESPAÑOL

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