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La lengua de las mariposas

7 noviembre, 2007

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Esta tarde me he sentido orgulloso de mi colegio. De un colegio de Franco. Sí, de Franco. Del régimen. De esos colegios donde los maestros nos daban con la vara cuando nos salíamos de madre. Recuerdo mi miedo al empezar las clases. Es verdad que nos entro la letra, sino con sangre, con buena olor a ajo. Las puntas de los dedos y las palmas de las manos son testigo de ello.

No me siento mal al recordarlo. Debería estar traumatizado según los criterios pedagógicos actuales. Pero no lo estoy. Estoy agradecido. Y me siento incluso mal por ello. Me siento mal por reconocer que la educación básica era mejor en los años sesenta que ahora. De más calidad y mejor contenido. De profesores que estaban siempre en su lugar todos los días. Siempre los mismos.

Esta tarde he mantenido una reunión con la tutora de mi hija, de once años y en quinto de primaria. Toda la clase tiene grandes problemas para seguir el plan marcado por el ministerio para este nivel. Según el mismo colegio, la causa de este atraso se debe a los muchos profesores y profesoras diferentes que han tenido desde que salieron de párvulos, que incluso, en algunos casos y por diferentes razones, han llegado a cambiar a mitad de curso. Ahora tenemos que montárnoslo los padres para darles clases de apoyo en algo tan elemental como las tablas de multiplicar, que la mayoría desconocen adecuadamente, en quinto de primaria. ¿Cómo han llegado hasta aquí? Lo grave es que yo lo veía venir pero me fue más fácil “confiar” en el sistema educativo. Que cínico. Que mi hija me perdone cuando tenga oportunidad de hacerlo.

El caso es que yo en séptimo de EGB ya recibía conocimientos de física y química, zoología y botánica. Incluso óptica. La piptialina en la saliva y la tripsina y lipasa en el jugo gástrico fue tema de examen de Ciencias Naturales en ese curso. Un año antes conocía los sistemas de ecuaciones y era capaz de solucionar problemas basados en las de segundo grado. Y no era de los más espabilados.

Mi hija y los de su curso, todos ellos, necesitan apoyo en algo tan elemental como es multiplicar en quinto de primaria.

Yo tuve suerte. Una gran suerte. Esa suerte que valoras siendo mayor. Y agradeces las enseñanzas de aquellos maestros de lengua que se desgañitaban intentando inculcarnos la importancia de redactar adecuadamente, de saber comentar lo leído.

Cuanta sabiduría tenían y que poco valoramos en su momento el esfuerzo que pusieron en nosotros (éramos niños). Ya los quisiera ahora para mis hijas.

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Categorías:REFLEXIONES
  1. davichu
    8 noviembre, 2007 en 23:03

    La verdad es que, viendo lo que se ve a nivel academico, muchas veces se echa de menos la escuela de “La letra con sangre entra”. Un saludo y muchas gracias por agregar mi humilde rincon a sus favoritos.

  2. juanespanyol
    8 noviembre, 2007 en 23:09

    Ha sido un placer. Reciba un agradecimiento reciproco por el mismo motivo.

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