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11-M

1 noviembre, 2007

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 Aquel 11 de Marzo estábamos todos los compañeros atentos a las emisoras de radio. Las noticias que nos llegaban eran en principio confusas. A medida que transcurría la mañana y se iba concretando el alcance de la masacre, especulábamos sobre la autoría de los atentados. No disponíamos de imágenes ( no tenemos televisión en el trabajo) y todavía éramos incapaces de valorar el verdadero alcance del magnicidio, aunque como ferroviarios podíamos sospechar lo que una bomba es capaz de ocasionar en unas cercanías (  el día anterior dos compañeros y yo estuvimos en Atocha, en la estación, para asistir a una reunión sindical y bajamos del TALGO en el mismo anden donde una de las unidades saltó por los aires en la vía de enfrente al día siguiente. Todavía me estremezco al recordarlo)

La mayoría de nosotros adjudicamos a ETA el atentado. Costumbre fuerza. Dos compañeros pusieron en duda su autoría directa debido a un simple razonamiento. De ser ETA seria su fin. Algo así resultaba imposible de digerir incluso para los estómagos abertzales. Semejante barbaridad indiscriminada les haría perder gran parte de las simpatías con que cuentan en el pueblo vasco. Incluso Otegui reconocía posteriormente a sus allegados la imposibilidad de volver a su pueblo si ETA hubiera sido la responsable.

Entonces caímos en una coincidencia tétrica. La fecha: día 11. La guerra de Irak se nos presento en toda su cruel dimensión. Fue automático. Fue rápido. De la especulación pasamos de pronto al autentico convencimiento. Nuestras retinas aun mantenian impresas las multitudinarias manifestaciones en las que habíamos participado condenando la intervención en Irak y exigiendo al gobierno de José Maria Aznar la retirada de las tropas españolas. Todo estaba aun muy fresco. La causa: la guerra de Irak. La consecuencia: las bombas en los trenes. Llegar a este convencimiento y votar el día 14 incluso quienes años llevaban sin hacerlo fue todo uno. Teníamos en nuestras manos la posibilidad de ajustar cuentas con quienes desoyendo el masivo grito de los españoles habían posibilitado que su empecinamiento lo pagara el pueblo trabajador con la vida. Las horas de Aznar y su delfín estaban contadas. Habian razones.

Si alguien albergaba dudas, la torpeza inicial del gobierno y su intento desesperado, sin pruebas, por adjudicar la autoría a ETA y la pretensión de influir en los medios de comunicación mediante misivas a sus responsables, junto con la consigna dada a las embajadas, termino por convencerle y de marcar el destino del PP en las proximas elecciones. La guerra de los móviles desplegada por el PSOE, la manipulación interesada de los medios afines hablando de terroristas suicidas y la inteligente gestión de la crisis realizada por los dirigentes socialistas, puso la puntilla a cuatro años de mayoría absoluta popular. Entrábamos de lleno en una nueva etapa. La etapa del talante. Una etapa marcada por las debilidades gubernamentales y el despegue definitivo de los secesionismos ancestrales. Una etapa que alberga la mayor amenaza al ordenamiento constitucional desde el 23-F. 

Con la sentencia recientemente dictada, no se han difuminado las dudas que con el tiempo pusieron en cuestión nuestro inicial convencimiento. No sabemos quien dirigió a los magrebíes que situaron su mortal carga en los trenes. No sabemos porque se hizo. No sabemos que pasó en aquel piso que saltó por los aires. Solo conocemos a algunos de los autores materiales, ya condenados, y a los cómplices necesarios. Pero las sombras del 11-M siguen estando presentes. La politización partidaria de la mayor tragedia contemporánea no ha ayudado en nada. Tal vez a desear que se pase pagina cuanto antes, debido al necio espectáculo que hemos vivido en la política nacional de estos tres últimos años, cuya actividad ha estado marcada por aquel drama y en buena medida es la causa de los desencuentros y la permanente crispación en que se ha caracterizado esta legislatura.

¿ Sabremos alguna vez la verdad?. No lo sé. Solo sé que los condenados no pudieron ellos solos organizar algo tan complejo.  No tienen nivel para afrontar por sí mismos algo tan grande. Dan el perfil del clásico trapicheador al menudeo. Pequeños delincuentes fácilmente utilizables por mentes retorcidas y preparadas. Por poderes ocultos tras espesas cortinas donde el silencio es norma de obligado cumplimiento y su ruptura sentencia de muerte.

La llamada autoría intelectual sigue siendo un asunto oscuro. Es un enigma dentro de un acertijo envuelto en un misterio, perdido en los bajos fondos de la ley y la justicia y seguramente también en las cloacas de un estado cada vez más vulnerable e indefenso.

JUAN ESPAÑOL

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