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La podedumbre social del ser humano

20 octubre, 2007

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Al igual que la voluntad particular actúa sin cesar contra la voluntad general, el gobierno ejecutivo se esfuerza continuamente contra la soberanía de la asamblea. Cuanto más aumenta este esfuerzo, más se altera el ideario constituido; y como no hay aquí otra voluntad de cuerpo que, resistiendo a la del Presidente, la equilibre, antes o después debe suceder que el Presidente acabe oprimiendo a la soberana asamblea y rompa el tratado social. Este es el vicio inherente e inevitable que, desde el nacimiento del cuerpo político, tiende sin tregua a destruirlo.

Cuando el Presidente no administra el cuerpo político según las leyes, ideas y tratados sociales se opera un cambio notable, y es que, ya no el poder ejecutivo, sino el cuerpo social al completo, se restringe, quiero decir que el cuerpo social en cu conjunto se disuelve y se forma otro en este, compuesto solo por el poder ejecutivo, el cual ya no es para el resto social más que su amo y su tirano.

De modo que en el momento en que el ejecutivo usurpa la soberanía, el pacto social se rompe, y todos los ciudadanos simples, al recobrar de derecho su libertad, se ven forzados, pero no obligados, a obedecer.

Cuando los intereses particulares comienzan a dejarse sentir y las pequeñas sociedades a influir en la grande, el interés común se altera y encuentra quienes se oponen a él; ya no reina la unanimidad en las votaciones, la voluntad general no es la voluntad de todos, surgen contradicciones, debates, y la mejor opinión no se aprueba sin disputas.

Cuanto más reina lo concreto en las asambleas, esto es, cuanto más se acercan las opiniones a la unanimidad, más domina también la voluntad general; pero los largos debates, las disensiones, el tumulto, anuncian que ascienden los intereses privados.

No hay más que una ley que por su naturaleza exija un consentimiento unánime: el pacto social , porque la asociación civil es el acto más voluntario del mundo; habiendo nacido todo hombre libre y dueño de si mismo, nadie puede, bajo ningún pretexto, someterle sin su consentimiento.

La diferencia de un solo voto rompe la igualdad, uno sólo que se oponga, rompe la unanimidad, pero entre la unanimidad y la igualdad hay muchas divisiones desiguales, en cada una de las cuales puede fijarse ese número según el estado y las necesidades del cuerpo político.

Dos máximas generales pueden servir para regular esas relaciones: una, que cuanto más importantes y graves  son las deliberaciones, más debe acercarse a la unanimidad la opinión que prevalece; otra, que cuanta mayor rapidez exige el asunto debatido, más debe reducirse la diferencia prescrita en la división de opiniones; en las deliberaciones que hay que terminar urgentemente debe bastar la mayoría de un solo voto. La primera de estas máximas parece más convenir a las leyes fundamentales (1). Solo fuera de este contrato primitivo, el voto del mayor numero obliga siempre a los demás.

JEAN-JACQUES ROUSSEAU

1712-1778

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Categorías:REFLEXIONES
  1. cesar
    31 mayo, 2010 en 20:42

    exclente

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