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De privilegios y deferencias

20 octubre, 2007

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 Yo soy un privilegiado. Mi santa madre es natural de Jumilla ( Murcia) y mi padre de Valencia. Tan valenciano él ( paz tenga allí donde este, si es que algo hay después de fenecer) que es mi madre quien le enseña a hablar castellano cuando de jóvenes hacen juegos de manos ( y no precisamente a la sombra de un cine de verano)

Nunca escuche a mi padre mezclar valenciano con castellano en una misma conversación con una sola persona. Si su interlocutor era castellano parlante y por tanto la platica se realizaba en este idioma, le llamaba por su nombre en la lengua de Cervantes y Lope. Si era valenciano parlante el de enfrente y se comunicaban en este idioma, a él se dirigía por su nombre en la lengua e idioma de Ausias March y Joanot Martorell. Carlos era Carlos cuando debía serlo, y Carles era Carles cuando debía serlo. Mi padre, que era muy especial ( para él una paella sin bachoqueta, no baxoqueta, y garrafó, no era paella y no se rebajaba a probarla) le hacia daño a los oídos no traducir los nombres propios o los topónimos que tenían traducción. Lo consideraba un atentado sonoro al entendimiento auditivo.

Chocheneger, Xoxener o Suopseneger es la pronunciación castellanizada del apellido de un actor bastante malo y de un gobernador funesto, pronunciado en ingles. En austriaco el “verdadero nombre” del sujeto, para un parlante latino presenta serias dificultades el articularlo ( yo me niego a intentarlo)

No veo al musculitos ponerse tan mamón como se puso el impresentable señor que ocupa este extenso post y que no merece ni una sola reseña, si no nos dirigiéramos a él con su “verdadero apellido austriaco”

Algunos nombres propios y algunos topónimos tienen una traducción extendida. Es la propia ONU la que recomienda que, sin crear nuevos exonimos, se utilice la pronunciación original si es imposible o poco extendida la traducción a un idioma determinado. Esta regla perfectamente podemos adaptarla a un nombre propio de persona, como a la de lugar ( a nadie se le pasa por la cabeza expresar que se va de viaje a London, en castellano). Yo, que como dije al principio, soy un privilegiado, llamaría a mi interlocutor José Luís si mantenemos la conversación en castellano, y Josep Lluis si la mantuviéramos en valenciano.

Ahora bien, si mi eminente y educado oponente me pide que tenga con él un detalle de cordialidad y que le llame por su nombre de pila en la lengua que habitualmente utiliza, simplemente porque así lo desea, no tendría ningún problema en hacerlo si no es el caso de Chocheneger y no me supone un esfuerzo sobrehumano como en este caso. Pero para que eso ocurra, en una conversación en castellano, debe entenderse que quién realiza el acto cordial soy yo, y que la deferencia la realizo yo por voluntad propia, nunca por exigencia. Y menos con exigencias que rozan la imposición fascista.

A fin de cuentas, no me pasa como a mi padre. Me gusta la paella tanto con garrafó y bachoqueta, como sin estas delicias típicas. Con costillejas de cerdo, o con pollo y marisco. Hasta con pimientos y ñoras. Me da igual si los caracoles son serranos, vaquetas, cristianos o moros. Y si no los lleva, tampoco los exijo. Meto la cuchara de palo hasta el fondo. Y si no hay de palo, con la de metal. Incluso con tenedor ( grave esto ultimo en ciertas mesas)

Pero la cordialidad tiene sus limites y no paso por quien inunda una buena paella con el zumo de un limón porque sí. Es de cárcel.

JUAN ESPAÑOL

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Categorías:REFLEXIONES
  1. pepe
    13 febrero, 2009 en 12:16

    la paella, tiene buena pinta. Pero la bandera, mejor a la brasa

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